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Автор книги: Benito Pérez


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VIII

Las escenas y conversaciones de aquella noche dejaron en el espíritu de Salvador un dejo de amargura, y así se esforzaba en apartarlas de su memoria, considerando que reproducían en pequeño cuadro lastimoso de la Nación española. La confusión de pareceres, el incesante conspirar con recursos misteriosos y fines mal determinados, las repugnantes connivencias de la policía con los conspiradores de todas clases, no eran cosa nueva para él; pero había cobrado tal odio a estos fenómenos políticos, manifestación morbosa de nuestra miseria, que de buena gana se marchara a los antípodas o a cualquier región apartada dónde no oyera ni viera lo que allí mortificaba sus ojos y sus oídos.

La experiencia, el profundo conocimiento de las personas, los viajes y la desgracia, habíanle dado elementos bastantes para construir en su pensamiento una patria muy distinta de la que pisaba, y la inmensa superioridad de esta patria soñada en parangón con la auténtica era en él motivo constante de padecer y aburrimiento. Por eso decía: – «Mucho han de variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que la política de mi desventurado país pueda llegar a serme simpática, y como yo, por muchos años que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante para ver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que es ley y en lo que es gobernar, lo mejor será que no me afane por esto, y que deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesos que han de venir, como se miran desde un balcón las figuras de una mascarada».

Estos propósitos no eran constantes, porque otras veces meditaba sobre el mismo tema y hacía las siguientes consideraciones, llenas de buen sentido y de tolerancia. – «No puede sostenerse en las acciones de la vida el criterio pesimista, que suele ser el disimulo del egoísmo. ¿Quién duda que existen en nuestro país, al lado de esa cáfila de alborotadores, cabecillas, intrigantes, charlatanes, aventureros, muchos caracteres nobilísimos, innumerables hombres de buena fe, patricios desinteresados, verdaderos y leales que se aplicarían a la política yserían discretos en la idea, enérgicos en la acción y honrados en la conducta? Pues bien, si yo me siento capaz de inculcar a esos hombres un pensamiento feliz y de ayudarles en el desempeño, ¿por qué no he de hacerlo?».

Después de vacilar un momento se contestaba con amargura, – «Porque no me creerían. ¿Cómo habían de creerme y hacer caso de mí, si yo también he sido alborotador, cabecilla, intrigante, aventurero y hasta un poco charlatán? ¿Si he sido todo lo que condeno, cómo han de fiar de mí al verme condenar lo que he sido? ¿Si exploté la industria del pobre en este país, que es la conspiración, cómo han de ver en mí lo que realmente soy? No, yo he quedado inútil en esta refriega espantosa con la necesidad. Ha salido vivo, sí, pero sin autoridad, sin crédito para tomar en mis labios ese ideal noble, por donde van las vías rectas y francas del progreso de los pueblos. Mi destino es callar y arrinconarme, sopena de que me tengan por un Aviraneta, cuando no por un Rufete».

Al pensar esto, el propósito de condenarse a oscuridad perpetua triunfaba en su ánimo de una manera completa. Pero esta oscuridad sin familia y sin afectos era el cenobitismo más triste que puede imaginarse. Y aquí, en esta lóbrega caverna sin salida, terminaban las excursiones mentales del misántropo. Pero la salida no era absolutamente imposible. Si hacía falta una familia, ¿por qué no la buscaba? Hay ciertos bienes que valen más encontrados al azar que buscados con cálculo, y es muy general que quien despreció la suerte cuando pasó a su lado, ande después a cabezadas tras ella, y no la encuentre ni siquiera pintada, o halle cualquier falsificación del bien y la coja gozoso y la abrace y se desengañe y rabie, deplorando su torpe indolencia.

Quería vencer su extraordinario tedio frecuentando la sociedad. Había renovado mucho sus amistades, dando un poco de mano a las que le recordaban su juventud de trapisondas y procurando contar entre sus íntimos a personas de mayor fuste. Su buena figura, su conducta intachable, su instrucción, su entretenida palabra, tratándose de referir viajes o verosímiles casos y peligros le dieron muchas simpatías en todas partes. Había dejado de visitar a Genara y a D. Benigno Cordero por razones poderosas; pero en cambio frecuentaba otras muchas casas decentes, a donde concurría en personal de ambos sexos lo más selecto de la Corte. Por las noches gustaba mucho de pasear un poco por las calles antes de retirarse a su casa, poniendo así entre la tertulia y el sueño un trozo de meditación trans-urbana de más gusto para él que la más entretenida y docta lectura. La soledad sospechosa de algunas calles, el bullicio de otras, el rumor báquico de la entreabierta taberna, la canción que de una calleja salía con pretensiones de trova amorosa, el cuchicheo de las rejas, el desfile de inesperados bultos, indicio del robo perpetrado, del contrabando o quizás de una broma furtiva; la disputa entre viejecillas terminada con estrépito de bofetadas… por otra parte el rodar de magníficos coches; la salmodia insufrible del dormido sereno que bostezaba la horas como un reló del sueño, funcionando por misterioso influjo del aguardiente; el rechinar de las puertas vidrieras de los cafés, por donde salían y entraban los patriotas; el triste agasajo de las castañeras que se abrigaban con lo que vendían tendiendo una mano helada para recibir los cuartos y otra mano caliente para dar las castañas; las singulares sombras que hacían las casas construidas sin orden, unas arrumbadas hacia atrás, las otras alargando un ángulo ruinoso sobre la vía pública; los caprichos de claridad y tinieblas que formaban las luces de aceite encendidas por el Ayuntamiento y que podían compararse a lágrimas vertidas por la noche para ensuciar su manto negro; el peregrino efecto de la escarcha en las calles empedradas, que parecían cubrirse de cristal esmerilado con reflejos tristes; el mismo efecto sobre los tejados, en cuya superficie se veía como una capa de moho esmaltada por polvo de diamante, el grandioso efecto de la helada, que en flechazos invisibles se desprendía del cielo azul ante las miradas aterradoras de la luna, la deidad funesta de Enero; la consideración del frío general hecha dentro de una caliente pañosa; el estrépito de la diligencia al entrar en la calle, barquichuelo que navegaba sobre un mar de guijarros, espantando a los perros, ahuyentando a los chiquillos y a los curiosos;… el buen paso marcial de los soldados que iban a llevar la orden prendida en lo alto del fusil; el coro sordo de los mercados al concluir las transacciones, cuando se cuenta la calderilla, se barre el puesto y se recogen los restos; el olor de cenas y guisotes que salía por las desvencijadas puertas de las casas a la malicia, y el rasgueo de guitarras que sonaba allá en lo profundo de moradas humildes; la puerta sobre la cual había un nombre de mujer groseramente tallado con navaja, o una cruz o un cartel de toros, o una insignia industrial, o una amenaza de asesinato, o una retahíla de palabras groseras, o una luz mortecina indicando posada, o un macho de perdiz que cantará a la madrugada, o un cuadrito de vacas de leche, o un objeto negro algo semejante a un zapato, o una armadura de fuegos artificiales pregonando el arte de polvorista, o una alambrera cubierta con un guiñapo, señal de la industria de prendería, o una bacía de cobre, o un tarro de sanguijuelas… todo esto, en fin, y otros muchos accidentes de la fisonomía urbana durante la noche, páginas vivas y reales, abiertas entre la vulgaridad de la tertulia y el tedio de su casa solitaria, le cautivaban por todo extremo.

Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza de Provincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envuelto en su capa, una mujer tan bien resguardada del frío, que sólo se le veían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeda y los carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: se detenían en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujosos vestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos y entretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera. Detuviéronse. El cojo sacó cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo, compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer agasajó el pañuelo lleno de castañas, como para calentarse las manos con él… Avanzaron… desaparecieron por una puerta.

Salvador se sintió estremecer de desesperación y envidia. El hombre cojo, el niño, la placentera unión de los tres, los cuartos sacados del bolsillo, los saltos del chico cuando se estaba haciendo el trato con la vendedora, las castañas, el pañuelo, las manos que tenían el pañuelo… En vista de las insolentes burlas del destino, juró no volver a pasar por allí.

IX

El hombre cojo entró en su casa, como hemos dicho, y después de un ligero altercado entre la familia por saber cuál había de acostarse primero, retiráronse todos. La paz, el orden, el silencio, la quietud se ampararon de todo el ámbito de la vivienda, y bien pronto no hubo en ella un individuo que no durmiese, a excepción de aquel buen señor de la cojera, el cual, despierto en su lecho, daba vueltas a una idea como si la devanase, sacándola del enredado pensamiento al corriente ovillo del discurso.

– Cuanto más cerca veo el día – pensaba, – más indeciso y perplejo me encuentro. ¿Por qué dudo, decídmelo, Virgen Santa del Sagrario y tú, San Ildefonso bendito? ¿Por qué mi anhelo se ha trocado en vacilación y mi fe en temor de causar gravísimo daño? ¿Qué dices a esto, conciencia pura, qué razones me das? ¿Sale acaso de ti esa voz que siento y que me dice: «detente, ciego?…». Y tú, caviloso Benigno, ¿has notado, por ventura, frialdad en los afectos de ella, arrepentimiento en su voluntad o siquiera desvío? Nada: ella es siempre la misma. Aún me parece más cariñosa, más apegada a mis intereses, más amante, más diligente… Entonces, mentecato, hombre bobísimo y pueril, digno de salir por esas calles con babero y chichonera, ¿por qué vacilas, por qué temes?… Adelante y cúmplase mi plan, que tiene algo, ¡barástolis! algo, sí, de inspiración divina… ¡Ah! ya vienen los malditos dolores… ¡todo sea por Dios! ¡Oh! ¿por qué te me has torcido en el camino del Cielo, oh pierna?…

Las historias están conformes en asegurar que D. Benigno, después de decir «¡oh, pierna!» lanzó un gran suspiro y se durmió como un santo. A la mañana siguiente tenía la cabeza despejada, el humor alegre. Lo primero que leyó cuando le trajeron la Gaceta fue el decreto convocando a la Nación en Cortes a la usanza antigua, para jurar a la princesa Isabel, por heredera de la corona de ambos mundos. Esto le dio mucho contento, y viendo la fecha del 20 de Junio marcada para aquel notable suceso, dijo así:

– Para entonces, ya estaremos casados… Es preciso fijar definitivamente esta fecha que es mi martirio. Ella dice que cuando yo quiera, y yo digo que la semana que entra, y cuando entra la semana que entra, entran ¡ay! también mis escrúpulos como un tropel de acreedores, y así estamos y así vivimos.

Parte de los escrúpulos de hombre tan bueno provenían de sentirse achacoso. No era ya aquel hombre que engañaba al siglo con sus cincuenta y ocho años disimulados por una salud de hierro, por alientos y espíritu dignos de un joven de treinta, con ilusiones y sin vicios. Aquella funesta rotura de la pierna había ocasionado en él pérdida brusca de la juventud que disfrutaba, y se sentía entrar, con paso vacilante y cojo, en una región fría y triste que hasta entonces no había conocido. Con las lluvias primaverales y los cambios de temperatura se le renovaron los dolores, complicándose con pertinaz afección reumática, y el pobre señor estuvo mes y medio sin poder moverse de un sillón.

«¿Apostamos, decía, a que llega también el 20 de Junio y se reúnen las Cortes y juran a la princesa, y yo no habrá soltado aún este grillete que Dios se ha servido ponerme? ¿Qué presidio es este? ¿Temes, oh, Dios mío, que marche muy a prisa? ¿Esto es acaso para bien de mí alma, amenazada de correr demasiado y estrellarse?».

¡Y qué pesadas habrían sido las horas de aquella temporada, que él llamaba su condena, si no las aligerasen con su cariño y con mil solicitudes y ternezas las seis personas que él designaba con el dulcísimo nombre de la sacra familia! Sola le cuidaba como podría cuidarse a un niño enfermo, y de su cuenta corría todo lo relativo a aquella dichosa pierna averiada que no se quería componer sino a medias. Ella parecía haber robado a los ángeles de la medicina el delicado arte del apósito, y sus dedos eran tan conocidos del dolor que este les veía cerca de sí sin irritarse. Cumplida esta obligación suprema, la futura esposa del mejor de los hombres se ocupaba de todo lo de la casa con la diligencia de siempre, con más diligencia, si cabe, pues sin sospecharlo, se había ido acostumbrando a considerarse partícipe de aquel trono doméstico y co-propietaria de tan dulces dominios.

Por las noches, la familia se reunía en el comedor, en torno del patriarca claudicante. Doña Crucita, que se había dedicado a bordar pájaros, despachaba semanalmente una bandada de aquellos preciosos seres, y a veces el comedor parecía una selva americana, porque los había de todos colores, y además mariposas y florecillas, todo inventado por la señora que creaba las especies con su rica fantasía, de tal modo que se viera muy perplejo Buffón ante tal maravilla. Este interesante autor era leído algunos ratos en voz alta por uno de los hijos mayores, pues no había lectura más sabrosa que aquella para D. Benigno, después de la de Rousseau; y todos se quedaban pasmados oyendo la magnífica descripción del caballo, la pintura del león, o la peregrina industria de los castores. El mismo muchacho o su hermano solía leer también las Gacetas para dar variedad a los conocimientos y saber lo que pasaba en Hungría, Cracovia o Finlandia. Los sucesos de España eran los que jamás se sabían por Gacetas ni papelotes, y era preciso recibirlos por el vehículo del padre Alelí, amigo fiel sobre todos los fieles amigos, cada vez más perturbado de caletre y más difuso de explicaderas. Por él supieron que D. Carlos se marchaba a Portugal, haciendo la comedia de que su esposa quería abrazar a D. Miguel (otro que tal) y a las infantas portuguesas; pero realmente por no verse en el caso de jurar a Isabelita. El mismo Tío Engarza Credos les informó de que en una casa de la calle de Belén había sido sorprendida una junta carlista y presos todos los que la formaban. Si el interés político de las tertulias corderiles estaba en estas noticias, su amenidad dependía de las gracias y atrevimientos de Juanito Jacobo, que con su media lengua decía más que si la tuviera toda entera, y ya recitara fábulas o romances, ya se despachara a su gusto con frasecillas y observaciones de su propia cosecha, hacía morir de risa a toda la familia, menos cuando le daba por enojarse, hacer pucheros y tirar a la cabeza de su hermano un zapato, libro, palmatoria, tintero o cualquier otro proyectil mortífero.

La tienda había sido traspasada por Cordero a otro comerciante, amigo y pariente suyo, y con esto quedó retirado absolutamente del comercio. Su capital, si no muy grande, sólido como el que más, le aseguraba rentas modestas y saneadas. Tenía vastos proyectos de ensanche y mejoramiento en los Cigarrales, y no esperaba sino a que aclarase el tiempo para trasladarse allá con toda la familia.

En Mayo sintiose tan mejorado de su pierna que pensó era llegado el momento de poner fin a sus vacilaciones. Era una tarde hermosa. Habían concluido de comer en paz y en gracia de Dios. D. Benigno, dejando que Alelí se durmiera en el sillón del comedor y que Crucita hiciera lo mismo en su cuarto, envió a los muchachos a la escuela, y a su cuarto a Sola, entabló con ella una conversación de la cual es preciso no perder punto ni coma.

– Querida Sola – le dijo, – tengo que dar a usted explicaciones acerca de un hecho que le habrá sorprendido y que tal vez (y esto es lo que más siento) habrá lastimado su amor propio de usted.

Sola manifestaba grandísima sorpresa.

– El hecho es que, habiéndose resuelto desde que estuve en la Granja todas las dificultades que se oponían a nuestro matrimonio, haya aplazado yo varias veces desde aquella época un suceso tan lisonjero para mí. Como usted podría sospechar que estos aplazamientos significaban algo de mala gana, frialdad o escaso deseo de ser su marido, y como nada sería más contrario a la verdad que esa sospecha de usted, tengo que explicarme, hija, tengo qua revelar ciertos pensamientos íntimos y ciertas cosillas… ¿me entiende usted?

Con su verbosidad indicaba el héroe estar muy lleno de su asunto, como dicen los oradores, y es probable que desde la noche anterior hubiese preparado en su cabeza y hasta construido algunas de las frases de aquel memorable discurso.

– Pues bien, la causa de esta poca prisa… darémosle este nombre, que es el que más le cuadra… ha sido cierto escrúpulo que me ha asaltado, cierto temor de que nuestro matrimonio hiciera a usted desgraciada en vez de hacerla feliz, como es mi deseo.

– ¡Desgraciada! – exclamó Sola, recibiendo aquella idea como una ofensa.

– ¡Oh! no apresurarse… falta mucho que decir. Estos escrúpulos y temores no se refieren a cosa alguna que pueda menoscabar los extraordinarios méritos de la que elegí por esposa; son cosa pura y exclusivamente mía. Ha llegado el momento de hablar con absoluta franqueza, y de no ocultar idea alguna por penosa que sea para mí. Pues bien, hay una persona, un hombre, hija mía, que la aprecia a usted en lo mucho que vale, que la conoce a usted desde su niñez, que la ha protegido, que la quiere, que la ama; hombre que tal vez, ¿por qué no? es amado de usted… ¡Ah! querida Sola, hija mía, me parece que he puesto el dedo en una llaga antigua de ese corazón sin par, hecho a resistir y padecer como ninguno… En su cara de usted veo…

Ella se había quedado pálida cual si tuviera por rostro una máscara de cera, y miraba a su delantal, cuya punta tenía entre los dedos.

– Esa palidez – dijo D. Benigno conmovido – no indica en manera alguna que usted tenga que arrepentirse de nada, pues no se trata de faltas; indica que yo he despertado un sentimiento que dormía, ¿no es verdad?

La palidez de Sola se disipó como un velo que se rasga dejando ver la claridad que encubre, y así fue, por modo parecido al brusco descorrer de una cortina, como se encendió en ella un rubor vivísimo. Echándose a llorar, murmuró estas palabras:

– Es verdad, sí señor. Usted es más bueno que los ángeles.

El de Boteros estuvo callado un mediano rato contemplándola.

– Pero yo no he faltado, yo no he mentido… – balbució Doña Sola y Monda entre suspiro y suspiro. – Lo que usted dice, muerto estaba y enterrado en mi corazón para no resucitar jamás.

– Lo sé, lo sé – dijo Cordero no menos turbado que su amiga. – ¡Oh! la voz aquella, la voz aquella blanda y un poco triste que hablaba aquí en mi conciencia, ¡qué bien me lo decía! Pues oiga usted todo. En este tiempo que ha pasado desde que vine de la Granja, se puede decir que no he vivido sino para pensar en esto y hacer comparaciones. Sí, he vivido comparándome, querida hija, he vivido atormentado por un análisis comparativo de las cualidades que creo tener y las que reúne el hombre a quien usted conoce mejor que yo, resultando que él es extraordinariamente superior a mí.

– ¡Oh! no, cien veces no – replicó Sola con energía. – Es todo lo contrario.

– No violentemos la naturaleza, hija mía; no violentemos tampoco la lógica. Concedo que en honradez y en prendas morales no me aventaje, si bien no hay motivo para no reconocer que me iguala, pero en cambio, ¡qué superioridad tan grande la suya en el exterior y los atractivos de la persona!… Las cosas claritas… ¿eh?… ¿por qué no se ha de decir que él es un hombre que cautiva, un hombre que despierta simpatías en todo aquel que le trata, mientras yo…?

– Usted también, usted también – dijo Sola prontamente. D. Benigno movía la cabeza con triste ademán.

– No violentemos la naturaleza, querida, no violentemos la lógica – repitió. – Concedo que no sea yo enteramente antipático; pero usted, que siente y discurre muy bien, podrá decir si hay nada en la persona y en el alma de un viejo que pueda competir con la juventud, con el rostro alegre y expresivo de un hombre sano en la plenitud de sus afectos, de su fuerza, de su vida toda.

– Según como se mire, según como se mire-dijo Sola arrebatada de compasión por su amigo y anhelante de concederle todas las ventajas.

– ¡Oh! – exclamó D. Benigno sonriendo, – por más que usted se empeñe en echarme flores, no conseguirá que yo me enfatúe, ni que me obceque hasta el punto de no ver claramente lo que soy. La vejez tiene sus preeminencias, tiene sus bellezas; pero estas preeminencias y estas bellezas no son de gran valor para el caso de que tratamos. Yo me conozco bien, no me doy ni me quito ni un adarme de lo que realmente peso, puesto en la balanza del matrimonio; creo que no carezco de algunas cualidades que me harían apreciar y respetar y aun amar de una mujer joven; pero la comparación con otro me revela mis años, que no son floja cuenta para el caso; me revela mis achaques, que se han iniciado precisamente ahora como un aviso, como una advertencia que Dios me hace por conducto de la Naturaleza. En fin, querida mía, si se tratará de cualquiera extraño, de cualquier advenedizo que en esta ocasión se presentase, ni por el pensamiento me pasaría que usted pudiera preferirle a mí; pero ¡ay! se trata de una antigua amistad, de un cariño antiguo en él y antiguo en usted… Usted me lo ha revelado, diciéndome con el acento más noble y leal: «es verdad, es verdad».

– Es cierto – replicó Sola, – y ahora, para que no quede en mi corazón ni un fondo siquiera de los secretos que he guardado en él por tantísimo tiempo, voy a confesarme con usted… Delante de un sacerdote, delante de Dios mismo no sería más sincera, créamelo usted… Si antes no hablé de esto, fue porque yo quería considerarlo como cosa muerta y sepultada. Creía que mientras más lo callara y menos lo pensara, mayor sería el olvido, y no me atrevía a confesarlo, por temor de que con la confesión renaciera y me atormentara otra vez.

Se había sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerables rodillas del héroe. Quien no la viera de cerca, creería que estaba de hinojos.

– Mucha parte de lo que usted ha callado con tanto afán, por su empeño de echar tierra y más tierra sobre un sentimiento desgraciado – dijo Cordero, – me lo reveló él mismo.

– Habrá dicho a usted que me recogió a la muerte de mi padre, poniéndome al amparo de su madre, y mirándome como a hermana. Si se jactó de sus beneficios hizo bien, porque estos fueron grandes en aquella época.

– No se jactó. Adelante.

– Diría también que yo le cuidaba como una hermana y le servía como una esclava. Su voluntad me parecía una cosa de que no se podía dudar; sus palabras como el Evangelio.

– ¿Y él?…

– Me trataba con consideración; pero…

– ¿No tenía a usted más cariño que el de hermano?

– Ninguno más; pero aquel cariño me consolaba en mi tristeza.

– Tengo idea de que fue bastante calavera y que tuvo amores con algunas… ¿Pero a usted jamás…?

– Jamás – dijo Sola ingenuamente, – quería a otras mujeres; pero a mí no me quería.

D. Benigno se sonrió.

– ¿Pero usted – dijo, – le quería desde entonces?…

– Me da vergüenza decirlo – replicó Sola, – por el desairado papel que hice: pero puesta a confesar, no oculto nada. Le quería, sí, muchísimo.

– ¿Cómo?

– Todo lo que se puede querer a una persona – dijo ella, inclinando la cabeza, que le pesó, sin duda, por una extraordinaria aglomeración de recuerdos.

Cordero sintió un nudo en su garganta. Necesitó tragar algo para quitar aquel estorbo y poder decir:

– ¿Y siempre lo mismo?

– Siempre le quería lo mismo y no pensaba más que en él, a todas horas, dormida y despierta.

– ¿Y cuando estaba ausente?

– Le quería más.

– ¿Y cuando volvía?

– Más. Era una cosa superior a mí, una especie de enfermedad o desgracia que me enviaba Dios.

– ¿No procuró usted librarse de ese tormento, pensando en otro?

– ¡En otro hombre! – exclamó Sola como horrorizada. – Eso no, eso era imposible… Lo que yo sentía, aquel tormento mío me era necesario para vivir, como el aire y la luz.

– ¿Nunca le demostró usted con acciones y palabras la grandísima afición que le tenía?

– ¡Oh! no… A veces hacía yo proyectos disparatados y me imaginaba no sé qué medios para hacérselo comprender; pero luego me daba mucha vergüenza.

– ¡Qué horroroso tormento! ¡Qué agonía!

– Casi siempre, sí; pero a veces era feliz.

– ¿Cómo, criatura?

– Pensando tonterías… y echándome a discurrir que de pronto se le antojaba quererme como yo le quería a él.

– ¡Oh! barástolis – exclamó D. Benigno, cerrando el puño amenazador, – por vida de… Estoy indignado contra ese hombre, y bien merecía que usted lo despreciara… Si usted viene a mí entonces y me cuenta lo que le pasa, como me lo cuenta ahora, juro a usted que voy derecho a ese hombre y le cojo, y le digo: «Oiga usted, caballero…».

Sola no pudo menos de reír un poco, y dijo:

– No tenía usted más que hacerle daño para ser mi mayor enemigo. Pues sí… que lo tomaba yo con poco tesón… Ahora comprendo que era muy extremada y que yo misma me recalentaba la imaginación noche y día, como cuando se echa leña en un fuego que se teme ver apagado. Como no había nadie a quien yo pudiera contar tales cosas, me las contaba a mí misma. Yo me consolaba diciéndome tonterías y resignándome, pues las muchas desgracias que he tenido desde niña y el verme siempre privada de todo lo que más he querido, me acostumbraron a tener mucha paciencia, muchísima. Es un consuelo un poco triste este de la paciencia; pero usándolo mucho, concluye uno por quererle y familiarizarse con él… Yo tenía… hasta mis alegrías, sí señor, alegrías a mi modo, ¡pues qué sería de nuestra alivia si no tuviese medios de sacar alguna vez de sí misma lo que los de fuera no quieren darle!… En fin, señor, así iba pasando el tiempo, pasando, él ausente, yo sin esperanza. Me parece que los días eran como unos velos que se corrían despacio, uno sobre otro, y estos velos caían sobre mi memoria, y poco a poco iban apagando y oscureciendo lo que en ella había. Al cabo de cierto tiempo empecé a verle… así como entre brumas, lejos; y con las ocupaciones, todo lo que yo pensaba se interrumpió para dar lugar a otras cosas. A veces perdía bruscamente el terreno perdido, quiero decir, que por causa de algún sueño, de alguna conversación que me recordaba las cosas pasadas, o por nada, por simpleza mía, volvía a sentirme atormentadísima, y me parecía tenerle delante y oírle, ¡siempre tan cariñoso, siempre tan bueno, pero siempre hermano!… En fin, aquellas recaídas… porque eran como las recaídas de una enfermedad… pasaban también. Yo sentía que iba cayendo tierra sobre aquello, y si he de decir verdad, yo la echaba también a puñados, unas veces rezando, otras trabajando en demasía… ¡Ay! al fin me encontré triunfante, y si pudiera valerme de una expresión rara…

– A ver, diga usted esa expresión rara, querida sepulturera.

– Pues diré que últimamente me paseaba sobre el grandísimo montón de tierra que yo había echado sobre aquellas penas sepultadas… Algunas veces no iba segura, porque me parecía que sentía moverse debajo de mis pies la tierra… pero yo, valiente como debía serlo, daba golpes con los pies y todo se quedaba entonces quieto… ¿Ve usted qué pamplinas?…

– Siga usted – exclamó Cordero con la voz entrecortada. – Estoy lelo de admiración.

– Pues en estas y otras cosas, llegué a tener conocimiento con una persona que me manifestó tanto interés, tanta consideración… Yo no sabía cómo pagarle, y decía: «Es una desgracia para mí no tener algo de gran valor que ofrecer a este hombre generoso». ¡Qué lejos estaba entonces de suponer que mi hombre generoso, mi segundo padre había de querer cobrarse sus beneficios de un modo que me obligaba más a la gratitud! Yo trabajaba en su casa: hubiera deseado que se multiplicaran las obligaciones para poder esclavizarme más. Yo comprendí… Dios y mis desgracias me han dado alguna penetración… comprendí que mi buen amigo había encontrado en esta pobre algunos méritos personales, y no estaba conforme con que yo fuera su criada, ni su pupila, ni tampoco su hija; quería llevar su generosidad hasta un extremo tal… El agradecimiento llenaba mi corazón; ¡qué regocijo me causa el agradecer y el pagar, aunque sea con poco!… Yo acepté entonces los favores de mi protector, y me dije que debía hacer todo lo posible por merecer el bien inmenso que aquel hombre quería hacerme. ¡Ay! cómo luchó entonces por arrancarme lo que aún restaba de lo pasado… Aún quedaba algo: negarlo sería mentir. Mi buen protector se apoderaba de mi alma de una manera dulce y lenta. Llegué a acostumbrarme a su compañía de tal modo, que si esta me faltara, faltaríame lo principal de la vida. La idea de ser su mujer se clavó en mí, echó raíces, y me prometí entonces a él sin escrúpulo y con la conciencia serena. Mi corazón, reconquistado por mí, podía ser ofrecido a quien mejor que nadie lo merecía. ¿Qué mejor dueño podía desear que aquel hombre sin igual, por quien sentí además de la gratitud un afecto tan grande, tan grande que no sé cómo expresarlo?

D. Benigno hacía los imposibles por impedir que las lágrimas salieran de sus ojos, y ya miraba al lecho, sin dejar de atender con toda su alma a lo que Sola decía, ya estiraba los músculos de su cara, ya en fin ponía diques al llanto queriendo convertirlo en benévola risa. Por último, pudo más su emoción que su dignidad y se llevó la mano a los ojos.

– Reconozco con mucho gusto, con muchísimo gusto – dijo hablando con turbación, pero sin llanto, – que al aceptar usted mis ofrecimientos lo ha hecho con lealtad… sí, señora mía, lo reconozco… estoy agradecido… yo no valgo nada… reconozco que usted, al responder afirmativamente a mis ruegos, echó el último puñado de tierra sobre un pasado triste; me ofreció su cariño y me consagró su persona toda, su porvenir… yo lo agradezco… pero, pero… luego cambiaron las cosas, se presentó a usted de improviso aquel sobre quien había caído tanta, tantísima tierra…


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