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Автор книги: Benito Pérez


Жанр: Зарубежная старинная литература, Зарубежная литература


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IV

Bien se le conocía a Salvador la emoción que sentía al verse delante del guerrillero, y este, que no esperaba hallar en el semblante de su mortal enemigo otra cosa que desconfianza y altanería, se sorprendió al mirarle cohibido y algo acobardado, mas no sospechó la razón de esta mudanza. Mandole sentar y un buen rato estuvieron los dos mirándose, sin que ninguno se decidiera a hablar el primero. Por fin Carlos rompió el silencio diciendo:

– No podía desairar a D. Felicísimo… por eso te he recibido, exponiéndome a las consecuencias de este mal rato. Ya sabes que estoy enfermo y el médico dice que no debo incomodarme.

– Eso depende de ti. Yo vengo con bandera de paz y decidido a no incomodarme. Has hecho bien en recibirme. Hace tiempo que te busco, y ahora que te encuentro te pregunto si crees que no me has perseguido y vejado bastante.

– ¿Quieres que sea bastante ya? – dijo Garrote con sarcasmo. – Pues sea y déjame en paz. Si no me acuerdo de ti, si te desprecio…

– ¡Pobre hombre! – exclamó Salvador. – Tu orgullo dice tan mal con tus alardes de piedad religiosa… Yo vengo ahora a ponerte a prueba y a ver si tu alma rencorosa es, como parece, incapaz de todo sentimiento que no sea el de la venganza…

– ¿Vienes a ponerme a prueba?… Con cien mil rábanos, hombre, que seas benigno – dijo Navarro empezando a enfurecerse. – ¡Y luego me dirá el médico que tenga paciencia, que no me sulfure, que no se me suba a la boca y a los ojos la hiel de mis entrañas!… Oye tú, menguado, por no darte otro nombre, ¿vienes a gozarte en mi desgracia, viéndome enfermo y sin fuerza para castigar un insulto, o vienes a espiarme por encargo de los masones? Si es esta tu intención, no necesitas aguzar el ingenio para descubrir mis acciones. Puedes decir a esos señores que sí, que estoy conspirando ¡rábano! que hago lo que me da la gana, que trabajo como un negro por la causa del Rey legítimo y que yo y mis amigos nos reunimos y nos concertamos, despreciando a este Gobierno estúpido, cuya policía hemos comprado. Al ejército lo seducimos y lo traemos habilidosamente a nuestra causa; al Gobierno le engañamos, y a vosotros los masones de bulla y gallardete os compramos a razón de dos pesetas por barba. Ea, ya lo sabes todo; ya puedes ir con el cuento.

– Ya sé que conspiras – dijo Monsalud manteniéndose sereno – y no me importa… Otro asunto me trae, asunto que es de mucho interés para entrambos, al menos para mí. Dime, ¿no has pensado alguna vez, principalmente en estos días de dolencias, aislamiento y tristeza, en la esterilidad de los infinitos medios que has empleado para exterminarme? ¿No te han venido a la mente consideraciones sobre esto, no te has sorprendido a ti mismo, en ciertos momentos, meditando, sin saber cómo ni por qué, sobre el hecho de que todos tus actos de venganza han sido inútiles, y que Dios me ha preservado casi milagrosamente de tus crueldades?

Mientras esto decía Salvador, le miraba Navarro con cierto asombro que no carecía de estupidez, y era que, en efecto, había meditado no pocas veces sobre aquel problema. Sin embargo, por no declarar que su sombrío interior había sido descubierto, dijo bruscamente:

– Pues jamás he pensado en tal cosa. ¿A qué vienen esas sandeces?

– Estas sandeces – dijo Salvador creciéndose más – son para demostrarte que Dios, a quien tú, llevado de una piedad absurda, crees cómplice de tus violencias y de tus sañudas venganzas, es quien te ha burlado y me ha protegido. ¡Qué bien y con cuanta oportunidad ha deshecho tus combinaciones implacables, permitiendo que llegara un día como este, en el cual voy a desarmarte para siempre!

Navarro seguía mirándole con estupidez.

– Por muy malo que te suponga – añadió Salvador – no te creo capaz de conservar tus rencores después de saber que tú y yo somos hijos de un mismo padre.

El guerrillero saltó en su asiento, como quien oye un insulto. Su cara se congestionó a borbotones echó de su boca estas palabras:

– ¡Es mentira, es mentira!

– ¿Mentira, eh? ¿con que es mentira? Tengo de ello un testimonio para mí sagrado, escrito por la mano de la persona más querida para mí en el mundo, y ratificado en su lecho de muerte. Tú puedes creerlo o no, según se te antoje: a tu conciencia lo dejo. Cumplo con mi deber diciéndotelo. La mitad de este secreto te corresponde a ti, mal que te pese. Yo no puedo quedarme con él todo entero.

Inquieto en su asiento, Navarro vaciló entre la ira y la curiosidad.

– Esas cosas – dijo – no se pueden creer sin algo que lo pruebe… ¿A ver, qué es eso? ¿Qué significa ese paquete atado con cintas encarnadas?

Salvador había sacado un paquete y escogía en él los papeles que quería mostrar a Carlos.

– Esta es la carta que mi madre me escribió poco antes de morir – dijo poniéndola en manos de Navarro. – Es la confesión de una falta redimida por una existencia de penas y oscuridad; es una declaración santa, que respira honradez, paciencia y bondad. Se necesita ser un monstruo para no inclinarse con respeto ante esa vida de abnegación y deberes trascurrida a la sombra de una vergüenza jamás reparada…

El otro leía, leía. Salvador le miraba leer y mentalmente seguía los conceptos de la carta. Concluida la lectura Navarro dio un suspiro y dijo:

– ¡Qué sed tengo!… Si quisieras echar agua de la alcarraza en aquel vaso que allí está y alcanzármelo…

Monsalud le dio agua, y luego que le vio aplacar su sed, diole otros papeles diciéndole:

– ¿Conoces esa letra?

– Son cartas de mi padre – murmuró Navarro, devorándolas con la vista.

– No es ocasión ahora – dijo Salvador, – de hacer comentarios sobre las promesas hechas en esas cartas y jamás cumplidas. Esas viejas cuentas se habrán arreglado en otra parte.

Callaron ambos, y Navarro, puesta su alma toda en los ojos, leía las pocas páginas de aquel drama oscuro, desenlazado ya por la muerte. Al concluir se quedó mirando al suelo por larguísimo espacio de tiempo, y luego, evitando el fijar los ojos en su hermano, le dijo lo siguiente:

– Bueno, convengo en que esto no tiene duda. Parece evidente que por la Naturaleza… Pero no, la fraternidad no se improvisa. Eres hijo de mi padre; pero no eres ni serás mi hermano.

– Ni lo pretendo, ni me importa tu fraternidad – replicó Salvador devolviéndole su desvío. – No necesito de ti para nada. Sólo he querido que sepas cuán cerca nos puso la Naturaleza, mejor dicho Dios, para que comprendas que el papel de Caín es malo, y hasta desairado.

– Una carta vieja no puede hacer de dos enemigos irreconciliables dos hermanos queridos… Convengo en que no puedo perseguirte más: la memoria de mi buen padre, aquel valiente caballero que murió por la patria, se interpone y te salva…

– Antes me salvaré yo con la ayuda de Dios – dijo Salvador con desprecio. – No he venido a solicitar la indulgencia, que no necesito.

– Pues yo te la doy, ¡cien rábanos! – exclamó el guerrillero sulfurándose. – Mira, dame agua otra vez; tengo mucha sed; tu secreto me sabe a hiel y vinagre.

Bebió, y después, cavilando un poco, dijo como si masticara las palabras:

– Además, antes de hablar de reconciliación es preciso determinar bien quien es el ofendido y quien el ofensor. Te quejas de que te he perseguido y hablas de mis crueldades. Pues yo digo que tú eres el monstruo, tú el criminal, tú el indigno de perdón.

– Acuérdate de aquellos días del año 13, cuando se dio la batalla de Vitoria – dijo Salvador con violencia. – ¡Oh! fuiste tú quien me provocó.

– ¡Fuiste tú!.

– ¡Tú!

– Repito que tú.

La disputa se agriaba. Salvador quiso calmarla con un ademán de conciliación. Navarro respiraba como quien se va a ahogar.

– Mira – dijo con desabrimiento – lo mejor es que te vayas.

– Antes has de oír lo que voy a decirte.

– Pues di.

– Sí, sostengo que fuiste tú quien primero entabló nuestra rivalidad, no por eso desconozco que cometí después faltas graves, que te ofendí…

– ¡Lo confiesa el menguado!…

– Yo no soy como tú; yo no tengo el orgullo de mis crímenes, ni los defiendo, por ser míos, contra la razón y el derecho de los demás.

– ¡Me has ofendido, y de qué modo! – exclamó Carlos que era todo acíbar. – Con cien vidas que tuvieras no pagarías tu delito… ¡y vienes a amansarme ahora con la pamplina de que somos hermanos, hermanos por la casualidad, por el capricho!… Peor, peor mil veces para tu conciencia.

– Si fuéramos a hacer un análisis – manifestó Salvador, – de todo lo que ha pasado entre nosotros desde el año 13, asignando a cada uno la parte de responsabilidad y de culpa que le corresponde, creo que todos quedaríamos muy mal parados. Bien sé que hay culpas completamente irreparables en el mundo, y ofensas que no se pueden perdonar. Así, mal que le pese a nuestro flamante parentesco, no podemos ser nunca amigos. Pero…

– ¿Pero qué?

– Pero debemos extinguir hasta donde sea posible nuestros odios, considerando que hay un tercer culpable a quien corresponde parte muy principal de esta enorme carga de faltas que tú y yo llevamos…

Navarro no le dejó concluir la frase; se levantó y alargando la mano como en ademán de tapar la boca a su hermano, gritó de este modo:

– No la nombres, no la nombres, porque volveremos a las andadas… Has puesto el dedo en la herida de mi corazón, que aún mana sangre y la manará mientras yo viva… ¡Desgraciado de ti, que al ponérteme delante no puedes excitar en mí la clemencia de la fraternidad sin excitar al mismo tiempo el bochorno de la deshonra! ¿Cómo he de acostumbrarme a ver con sentimientos cariñosos a la misma persona a quien he visto siempre con horror?… Déjame en paz. Ya sé que no te puedo matar. Esto basta para ti y para mí. Márchate.

Se quedó tan ronco que sus últimas palabras apenas se entendían… Después de hablar algo más con ronquidos y manotadas, pudo hacerse oír nuevamente.

– Aguarda… La úlcera de mi vida, lo que me ha envenenado el cuerpo y ha trasformado mi carácter haciéndole displicente y salvaje, ha sido mi deshonra. Este puñal, Dios poderoso, ¡cuándo se desclavará de mis entrañas!… ¡Este cartel horrible que en mi frente llevo, cuando caerá!… Soy un menguado, porque no he sabido castigar. ¡He cortado las ramas y he dejado crecer el tronco! Pero el tronco caerá: ese es mi afán, esa es mi locura… Bien sabes que la infame – añadió expresándose con mucha rapidez en voz baja, – lejos de corregirse, progresa horriblemente en el escándalo… Me han dicho que tú también la desprecias… Pues bien, unámonos para castigarla… Merece la muerte… Castiguémosla y después… después seremos hermanos.

– Veo – dijo Salvador horrorizado – que estás tan enfermo de alma como de cuerpo. No me propongas tales monstruosidades. Estás demasiado embebido en los hábitos y en las ideas del guerrillero para pensar razonablemente.

Al furor sucedió el abatimiento en la irritable persona de Carlos, y por largo rato no dio señales de vida. Salvador le dijo:

– Renuncia a toda idea de violencia y asesinato. Pensando en un castigo imposible, te envenenas el alma. Renuncia también a la agitación de la política y no conspires, no seas instrumento de ambiciones de príncipes. Retírate a nuestro pueblo, busca en la paz la reparación que necesitas y cúrate con la medicina del olvido.

– ¡Retirarme al pueblo!… – exclamó Carlos alzando los ojos para mirar de frente a su hermano. – ¿Para qué? ¿para sentir más el horrible vacío de mi alma y la soledad en que vivo? La agitación de estas luchas civiles y el afán de hacer algo por una causa justa, me distraen haciéndome llevadera la vida; pero la soledad del pueblo me abate y entristece de tal modo que si yo pudiera llorar, lloraría sobre los muros de mi casa desierta. Si al menos encontrara allí familia, algún pariente, amigos, antiguos criados… pero no; nadie. Mi casa parece un panteón; y las calles de la Puebla repiten mis pasos como ecos de cementerio. Los recuerdos son allí mi única compañía, y los recuerdos me asesinan.

– Lo mismo me pasa a mí – exclamó Salvador. – Sin familia, solo, privado de todo afecto, parece que estoy condenado, por mis culpas, a vivir sobre el hielo. También yo he visitado hace poco nuestra villa y se me han caído las alas del corazón al verme forastero en mi pueblo natal.

– A mí me perseguían de noche no sé qué sombras que salían de aquel negro caserío. Todos los perros del pueblo me ladraban ¡mil rábanos! con furia horripilante.

– También a mí. Encontré algunas personas y me reconocieron; pero me miraban con mucho recelo, como si fuera a quitarles algo.

– Me pasó lo mismo. Entonces conocí cuán triste es no tener a nadie en el mundo a quien confiar una pena del corazón, una alegría, una esperanza.

– Yo también. Y entonces me sentí viejo, muy viejo.

– Lo mismo yo. Y dije: «si yo tuviera junto a mí a un ser cualquiera, aunque fuese un niño, no saldría a los campos en busca de aventuras, ni me afanaría tanto porque reinase Juan o Pedro».

– Igual he pensado yo… Si algo me consolaba en aquella soledad lúgubre era el recordar cosas de la niñez. ¡Y las veía tan claras cuando pasaba por los sitios donde solíamos jugar, por el sitio donde estuvo la escuela, por el atrio de la iglesia y el puente, y casa del tío Roque el herrero…!

– Pues yo me pasaba las horas muertas reproduciendo en mi memoria aquellos días… ¡Cuántas veces me acordó de la pobre Doña Fermina tu madre! ¡Era tan buena!… ¿No se ponía a hacer media sentada junto a una puerta que hay a mano derecha como entramos en el patio?

– Sí, sí.

– Y me parece ver al Padre Respaldiza, contando chascarrillos, y a aquella Doña Perpetua que vivió más de cien años. Yo recuerdo que tu madre me agasajaba mucho cuando yo, jugando contigo y con otros chicuelos, me metía en el patio de tu casa. Me abrazaba, me besaba y me ponía sobre sus rodillas; pero yo me desasía de sus brazos para correr y subirme a un montón de vigas… ¿No había un montón de vigas en el patio?

– Sí, sí.

– ¿Y no tenía tu madre muchas gallinas?

– Sí.

– Un día reñimos por un pollo y nos dimos de bofetadas tú y yo. Otro día nos hicimos sangre a fuerza de darnos porrazos y quedamos como dos Ecce-homos… Después…

Navarro dio un gran suspiro diciendo luego:

– Parecía que estábamos destinados a una rivalidad espantosa por toda la vida… Un día, cuando ya éramos grandecitos, volvíamos de componer un aro de hierro en casa del tío Roque, y encontramos a Genara que salía de la escuela…

Aquí concluyeron los recuerdos. Como una luz que se apaga al soplo del viento, Navarro cerró la boca, apretó los labios fuertemente cual si quisiera hacer de los dos un labio solo, frunció las cejas haciendo de ellas como un nudo encargado de contener y apretar toda la piel de la frente, y descargó al fin la mano con tanta fuerza sobre el brazo del sillón, que a punto estuvo este buen inválido de saltar en astillas.

– Parece imposible – dijo después – que basten algunos años para que los ángeles se conviertan en demonios, y los hombres en fieras… Tú, oye… – añadió con altanería, – no hagas caso de mis habladurías… dígolo por si se me ha escapado alguna frase que indique disposición a perdonar, blandurillas de corazón u otra cosa semejante, indigna de mi carácter entero y de mi honor. Ella será siempre para mí el tormento y la mala tentación de mi vida, y tú… un hombre a quien no veo ni podré ver nunca sin violentísima antipatía. Haz aprecio de mi rara franqueza, ya que no puedas apreciar en mí otra cosa… ¿Quieres que te lo diga más claro? Pues lo mismo me quemas la sangre ahora que antes. Desconfío de tus palabras, desconfío de tus acciones, desconfío de nuestro parentesco, que bien puede ser tramoya inventada por ti, desconfío de tus arrepentimientos, y como ha de serte más difícil ganar mi voluntad que ganar el cielo, será bien que me dejes en paz y que no vengas acá con hermanazgos ni embajadas sentimentales, porque otra vez no tendré la santísima paciencia que ahora he tenido: ya me conoces, ya sabes mi genial. Esta enfermedad del demonio me ha echado cadenas y grillos; pero yo sanaré, con mil rábanos, sanará, y te juro que no habrá quien me sufra. ¿Has oído bien? no habrá quien me aguante… Las bromas que yo gasto pasan por barbaridades en el mundo… No me busques, pues, y yo te prometo que no te buscaré. Es todo lo que puedo hacer.

Diciendo esto le señaló la puerta. Era ya casi de noche, y en la sacristanesca pieza oscura cada uno de los personajes veía a su interlocutor como si fuera su propia sombra. Levantose Salvador de su asiento y despidiose del guerrillero con esta lacónica frase:

– Adiós. No te buscaré. Si llegas alguna vez a mi puerta, según como llames a ella te responderé.

V

Salió, y cuando iba en busca de la puerta por el pasillo, que oscurísimo como la caverna de Montesinos estaba, tropezó con un bulto, el cual, por el agudo chillido que siguió al choque, demostró ser mujer y mujer muy sensible.

– Brutísimo, salvaje… ¿no tiene usted ojos en la cara? – gritó la voz. – ¿Qué modos son esos?

– Señora – dijo Salvador quitándose el sombrero, mas sin ver gota, – dispénseme usted. Ojos tengo, pero de nada me sirven, pues no hay luz en el pasillo. Buscaba la puerta…

– ¿Y soy yo acaso la puerta, señor majadero?… ¡Qué consideraciones gastan con las señoras los hombres de esta casa!…

Hablando así la dama abrió la puerta y con la claridad indecisa que de la escalera venía pudo Salvador verla y advertir que parecía dispuesta a salir también. Llevaba mantilla negra y una dulleta en cuyo adorno habían entrado pieles de diversos animales domésticos, hábilmente combinadas con galones que siglos antes lucieron en la túnica de algún santo o en el valiente pecho de algún oficial de guardias walonas. Salvador, que había visto algunas veces a la dama, la conoció. Acostumbraba a mirar con respeto aquella decadencia más lastimosa que risible.

– Vuelvo a pedir a usted mil perdones – le dijo, – por mi torpeza… Veo que también sale usted, señora, y si me lo permite tendrá mucho gusto en acompañarla.

– Gracias, muchas gracias – replicó la momia dando en dirección a la escalera algunos pasos en los cuales se advertía marcado prurito de agilidad. – Yo también necesito excusarme por haber dicho a usted algunas palabras inconvenientes, confundiéndole con ese hombre basto, ese Zugarramurdi, que es un mueble con andadura.

Salvador le ofreció el brazo que ella no tuvo inconveniente en aceptar. Bajando la momia, arrojó de sí esta pregunta, metida dentro de un suspiro:

– ¿Es usted amigo del Sr. D. Carlos?

– Sí, señora.

– Si no me engaño, es la primera vez que viene usted a casa. ¡Ah! esto parece la casa de Tócame Roque, según la gente que entra y sale. Y no es toda gente de principios, ni se nos guardan los miramientos que nos corresponden. No extrañe usted que me admire de su urbanidad, pues vivimos en una época en la cual se puede decir que no hay caballeros… ¿Por ventura es usted el que estaban esperando?

– Sí, señora, me esperaban… – indicó Salvador por decir algo.

– El que esperaban de Cataluña, para empezar la danza… ¡Pero ha visto usted, caballero, qué estupidez! pretender que esta nación heroica sea gobernada por una reina en mantillas.

– Una necedad, sí señora.

– Porque usted será indudablemente de los primeros espadas en esta sacratísima guerra que se prepara.

– De los primeros no… mas…

– No sea usted modesto. La modestia es compañera inseparable del verdadero mérito – dijo la dama trayendo a los labios con no poco trabajo, desde el fondo de su alma seca una gota de fiambre dulzura. – Quizás me equivoque, ¿pero no es usted D. José O’Donnell?

– No soy O’Donnell.

– ¿No es usted comisionado de la Regencia secreta que se ha formado en Cataluña, presidida por el prepósito de los Jesuitas? Yo estoy al tanto de todo, y conmigo, caballero, no valen los misterios.

– Juro a usted, señora, que no soy el que usted supone.

– ¿Ni tampoco el coronel D. Juan Bautista Campos, que tiene en el hueco de la mano, como quien dice, a los voluntarios realistas de media España?

– Tampoco.

– Mire usted que soy algo pícara – dijo la momia contrayendo de tal modo el amojamado rostro para sonreír, que Salvador, al mirarla, tuvo algo de miedo. – ¡Oh! no me falta penetración, y en punto a relaciones con personas comprometidas en la causa del trono legítimo, no habrá seguramente quien me gane… Caballero, ¿sabe usted que hace un frío espantoso?

Salvador notó que la dama se agarraba más fuertemente a su brazo. Al sentir los puntiagudos dedos de esqueleto y el roce de los viejos tafetanes del vestido, así como el de las pieles impregnadas de olor de sepulcro, sintió que era una verdad aquel frío glacial de que la dama hablaba.

– Hace mucho frío, sí señora.

– Y las calles están muy solitarias. Si fuera usted tan bueno que quisiera acompañarme hasta la casa adonde voy de visita…

– Con muchísimo gusto, señora.

– Es cerca: junto a San Sebastián.

– Media legua – dijo para sí Monsalud; pero no teniendo ocupaciones, dio por bien empleado el paseo en obsequio de una desvalida señora que tan bien parecía agradecerlo.

– Doy a usted otra vez las gracias – dijo esta, – por su amabilidad, que es más digna de aprecio en una época en que se han acabado los caballeros… Pronto llegaremos: voy a casa de Paquita de Aransis, la señora del coronel D. Pedro Rey. ¿Conoce usted a esa digna familia?

– No tengo el honor de conocerla; pero ese apellido de Aransis no es extraño para mí.

– Es una alcurnia noble de Cataluña. ¿Ha estado usted en Cataluña?… Quizás haya usted conocido al conde de Miralcamp, que es Aransis, al alcalde de Cervera, que es D. Raimundo Aransis. También conozco yo en Solsona una monja Aransis, que es hermana de Paquita.

– ¡Ah! sí, la conozco – dijo Salvador prontamente, herido por vivísimos recuerdos.

– Esa familia está emparentad a con la nuestra – añadió la señora, que era harto redicha para ser momia. – Paquita es tan buena, tan cariñosa, tan excelente cristiana y tan mujer de su casa… Tiene dos hijos que son dos pedazos de gloria, según dice el padre Gracián, Juanito que ahora va a Sevilla a estudiar leyes, al lado de sus tíos paternos, y Perfecta, que es un perfecto ángel de Dios. La pobre niña ha estado enferma hace poco con unas calenturas malignas que la han puesto al borde del sepulcro… ¡Cuánto hemos sufrido! La condesa de Rumblar y yo alternábamos para velarla… una noche ella, otra yo… Usted conocerá seguramente a la condesa de Rumblar, y a su hija Presentacioncita, y a su yerno Gasparito Grijalva, ese tronera, liberalote que concluirá en la horca…

– Si es liberal, no concluirá en bien.

Salvador tuvo que moderar el paso, al notar que su compañera se sofocaba bastante.

– Usted – dijo esta, aspirando el aire con celeridad, como un fuelle viejo que para nutrirse necesita agitarse mucho, – ha vivido al parecer lo bastante, para conocer a mucha gente, tener muchos amigos y presenciar multitud de sucesos; pero no lo necesario para ver pasar épocas y familias, para ver extinguirse las amistades, mudarse las fortunas, morir las ilusiones y caer en ruinas las cosas más reales de la vida.

– Algo y aun algos de eso he visto por desgracia, señora – dijo Salvador sorprendido de aquel sentimentalismo que por cierto modo artístico se avenía bien con el empaque funerario de su distinguida interlocutora.

– ¡Oh! caballero – exclamó esta deteniéndose y clavando en él sus ojos que brillaron como las últimas ascuas de un hachón sepulcral, – ¿no es muy triste ver tanta cosa muerta en derredor nuestro, y sentir ese frío del alma que dan las memorias marchitas, cuando pasan? Hacen un murmullo triste como el remolino de hojas secas, y dan escalofríos como la llovizna de otoño ¿No es verdad, no es verdad esto?

– Es verdad – dijo Salvador participando de aquel escalofrío.

Y vio extinguirse la chispa funeraria en los ojos de Salomé, porque sus flacos párpados cayeron como apagadores de iglesia, y dejaron el amarillo semblante en su primitivo aspecto de cosa completamente acecinada y seca.

– ¡Caballero, tengo un frío horrible! – murmuró la dama temblando. – Vamos a prisa.

El cielo estaba como suele verse en las noches de invierno, limpio, estrellado hasta la profusión, hasta el derroche, cual si saliesen a la bóveda del cielo más astros de los que caben y pugnasen por quitarse el puesto unos a otros. El aire quieto, sereno, tenía un no sé qué, sólo comparable al fulgor horripilante de la cuchilla acabada de afilar. Las estrellas alargaban sus fríos rayos atravesando la inmensa región de invisible hielo, y la luna, pues también había luna, difundía claridad verdosa por calles y plazas. El suelo parecía el lecho de un río que se acaba de secar, dejando al descubierto su limo lleno de fosforescencias. Tres o cuatro calles atravesó la pareja sin decir palabra, y al llegar a un portal de mediano aspecto en la calle de las Huertas detúvose la muerta viva, y sin soltar el brazo del caballero, anunció con una sola voz el fin de la jornada.

– Ya – dijo con expresión de lástima, y luego fue retirando su mano poco a poco para llevarla a la cabeza, donde pedían reparación los pliegues de la mantilla y una guedeja rubia, que desertaba de las filas donde la había puesto el peine pocas horas antes. – Ya se ha molestado usted bastante. Bueno ha sido el paseo… y debemos dar gracias a Dios de que no nos haya visto nadie, porque si nos hubieran visto… ¡Ah! no sabe usted hasta qué punto es atrevida la calumnia en estos tiempos… ¿Quién me asegura que mañana no dirán de mí herejías sin cuento por haberme dejado acompañar de noche por usted?

– Señora, creo que no dirán nada – observó Salvador, reprimiendo la sonrisa que a sus labios venía.

– ¡Oh! quién sabe… Ahora todo se juzga por el aspecto malo. ¡Ah! ni la nieve misma está libre de mancharse o de ser manchada… Retírese usted… yo comprendo que deseará prolongar la conversación en el portal; pero no puede ser, no puede ser de ningún modo.

Después de ofrecerle su casa con no pocas zalamerías, rogó al caballero tuviese la bondad de decirle su nombre para conocer mejor a la persona a quien debía agradecer galanterías inauditas en una época ¡ay! en una época calamitosa y estéril en que no había caballeros. Dicho el nombre, la momia lo repitió con agrado y después dijo:

– ¿Militar?

– No, señora, paisano.

– ¿Andaluz?

– Alavés.

– ¿Y hasta la muerte defensor del trono legítimo…?

– Del trono de Isabel II.

– ¿Pues qué? es usted…

– Masón, señora.

Al expresarse así, con la sonrisa en los labios, Salvador creyó que no merecía respuestas serias aquel interrogatorio impertinente. La momia estuvo a punto de deshacerse en polvo al oír la nefanda palabra. Estremecida dentro de sus apolilladas pieles y de sus ajados tafetanes, llevose las manos a la cabeza, lanzó una exclamación de lástima y desconsuelo, y por breve rato no apartó del cielo sus ojos fijos allí en demanda de misericordia.

– ¡Masón! – repitió luego mirando al que, según ella, era un soldado de las milicias de Satanás. – ¡Quién lo diría!

Y señalando con su mano flaca, cubierta de guante canelo, una luz que a cierta distancia se veía, como farolillo de taberna o café, dijo entre suspiros:

– En donde está aquella luz se reúnen sus amigotes de usted… Caballero, si me permite usted que le dirija un ruego, le diré que por nada del mundo sea usted masón. Todo está preparado para el triunfo de la monarquía verdadera y legítima, y es una lástima que usted perezca, porque perecerán todos, no hay duda… Cuando usted me dijo que es masón, vi… yo siempre estoy viendo cosas extrañas que luego resultan verdaderas… vi un montón de muertos en medio de los cuales asomaba una cabeza…

Le tomó una mano, y al contacto del guante canelo, que por su delgadez apenas disimulaba la dureza de los dedos fosilizados, Salvador sintió que se le comunicaba un frío glacial, llegando hasta su corazón.

– Aquella cabeza era la de usted – prosiguió la momia. – Usted se reirá; pero yo no; porque la experiencia me ha enseñado a dar un gran valor a mis corazonadas, y en el tiempo escaso de nuestro conocimiento he podido apreciar las notables prendas de usted. ¡Oh! sí, todavía hay caballeros; pero pronto, muy pronto quizás no haya ninguno. Adiós.

Le estrechó un momento la mano y desapareció dentro del portal, oscuro y profundo como un sarcófago.

Salvador permaneció un rato en la puerta, mirando al hueco oscurísimo que se había tragado a su dama de aquella noche, y murmuró estas palabras:

– ¡Pobre señora!… sin duda está loca.

Alejose despacio, sin poder echar de su mente tan pronto como quisiera la imagen de la fantasma a quien había dado el brazo y que parecía el duendecillo propio de las heladas y claras noches de Enero en el clima de Madrid. Después de andar un poco maquinalmente y sin dirección fija, hallose bajo el farol que poco antes le señalara la mano del guante canelo.

– El café de San Sebastián – pensó. – Ya que estoy aquí entraré. No faltarán amigos con quienes pasar un rato.


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