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Catalinon
 
No hay quien se escape,
que aquí tengo de morir
también por acompañarte.
 
Gonzalo
 
Ésta es justicia de Dios,
quien tal hace, que tal pague.
 

Húndese el sepulcro con don Juan, y don Gonzalo, con mucho ruido, y sale Catalinon arrastrando

Catalinon
 
¡Válgame Dios! ¿Qué es aquesto?
Toda la capilla se arde,
y con el muerto he quedado,
para que le vele y guarde
Arrastrando como pueda,
iré a avisar a su padre,
san Jorge, san Agnus Dei,
sacadme en paz a la calle.
 

Vase Catalinon

Alexandre Evariste Fragonard


[Sevilla, el palacio real]


Sale el Rey, don Diego y acompañamiento

Diego
 
Ya el marqués, señor, espera
besar vuestros pies reales.
 
Rey
 
Entre luego y avisad
al conde, porque no aguarde.
 

Salen Batricio y Gaseno.

Batricio
 
¿Dónde, señor, se permiten
desenvolturas tan grandes?
Que tus criados afrenten
a los hombres miserables.
 
Rey
 
¿Qué dices?
 
Batricio
 
Don Juan Tenorio,
alevoso y detestable,
la noche del casamiento,
antes que le consumase,
a mi mujer me quitó,
testigos tengo delante.
 

Salen Tisbea e Isabela y acompañamiento

Tisbea
 
Si vuestra alteza, señor,
de don Juan Tenorio no hace
justicia, a Dios y a los hombres,
mientras viva he de quejarme.
Derrotado le echó el mar,
díle vida y hospedaje,
y pagóme esta amistad
con mentirme y engañarme
con nombre de mi marido.
 
Rey
 
¿Qué dices?
 
Isabela
 
Dice verdades.
 

Salen Aminta y el duque Octavio.

Aminta
 
¿Adónde mi esposo está?
 
Rey
 
¿Quién es?
 
Aminta
 
Pues, ¿aún no lo sabe?
El señor don Juan Tenorio,
con quien vengo a desposarme,
porque me debe el honor,
y es noble, y no ha de negarme.
Manda que nos desposemos.
 
Rey
 
¿Esto mis privados hacen?
Prendedle y matadle luego.
¿Esto mis privados hacen?
 

Sale el marqués de la Mota

Mota
 
Pues es tiempo, gran señor,
que a luz verdades se saquen,
sabrás que don Juan Tenorio
la culpa que me imputaste
cometió, que con mi capa
pudo él cruel engañarme
de que tengo dos testigos.
 
Rey
 
¿Hay desvergüenza tan grande?
 
Diego
 
En premio de mis servicios
haz que le prendan, y pague
sus culpas, porque del cielo
rayos contra mí no bajen,
siendo mi hijo tan malo.
 
Rey
 
¿Esto mis privados hacen?
 

Sale Catalinon

Catalinon
 
Escuchad, oíd, señores,
el suceso más notable
que en el mundo ha sucedido,
y en oyéndolo matadme.
Don Juan, del comendador
haciendo burla una tarde,
después de haberle quitado
las dos prendas que más valen,
tirando al bulto de piedra
la barba por ultrajarle,
a cenar le convidó.
¡Nunca fuera a convidarle!
Fue el bulto, y le convidó
y agora, porque no os canse,
acabando de cenar
entre mil presagios graves
de la mano le tomó
y le aprieta hasta quitalle
la vida, diciendo «Dios
me manda que así te mate,
castigando tus delitos.
¡Quién tal hace, que tal pague!»
 
Rey
 
¿Qué dices?
 
Catalinon
 
Lo que es verdad,
diciendo antes que acabase,
que a doña Ana no debía
honor, que lo oyeron antes
del engaño.
 
Mota
 
Por las nuevas
mil albricias quiero darte.
 
Rey
 
¡Justo castigo del cielo!
Y agora es bien que se casen
todos, pues la causa es muerta,
vida de tantos desastres.
 
Octavio
 
Pues ha enviudado Isabela,
quiero con ella casarme.
 
Mota
 
Yo con mi prima.
 
Batricio
 
Y nosotros
con las nuestras, porque acabe
«El convidado de piedra.»
 
Rey
 
Y el sepulcro se traslade
en San Francisco en Madrid
para memoria más grande.
 

FIN DE LA COMEDIA


Jose Dominguez Becquer

Don Gil de las calzas verdes

Personas

Doña Juana.

Don Diego.

Don Martín.

Don Antonio.

Doña Inés.

Celio.

Don Pedro, [viejo].

Fabio.

Doña Clara.

Decio.

Don Juan Valdivieso, escudero.

Quintana, [criado].

[Aguilar], paje.

Caramanchel, [lacayo].

Un Alguacil.

Osorio.

Músicos.


Acto I

[Entrada al Puente de Segovia.]


Sale Doña Juana, de hombre, con calzas y vestido todo verde, y Quintana, criado.

Quintana
 
Ya que a vista de Madrid
y en su puente segoviana,
olvidamos, doña Juana,
huertas de Valladolid,
Puerta del Campo, Espolón,
puentes, galeras, Esgueva,
con todo aquello que lleva,
por ser como inquisición
de la pinciana nobleza
(pues cual brazo de justicia,
desterrando su inmundicia,
califica su limpieza);
ya que nos traen tus pesares
a que desta insigne puente
veas la humilde corriente
del enano Manzanares,
que por arenales rojos
corre, y se debe correr,
que en tal puente venga a ser
lágrima de tantos ojos;
¿no sabremos qué ocasión
te ha traído desa traza?
¿Qué peligro te disfraza
de damisela en varón?
 

Jose Dominguez Becquer

Doña Juana
 
Por agora no, Quintana.
 
Quintana
 
Cinco días hace hoy
que mudo contigo voy.
Un lunes por la mañana
en Valladolid quisiste
fiarte de mi lealtad:
dejaste aquella ciudad;
a esta corte te partiste,
quedando sola la casa
de la vejez que te adora,
sin ser posible hasta agora
saber de ti lo que pasa,
por conjurarme primero
que no examine qué tienes,
por qué, cómo o dónde vienes;
y yo, humilde majadero,
callo y camino tras ti,
haciendo más conjeturas
que un matemático a escuras.
¿Dónde me llevas ansí?
Aclara mi confusión,
si a lástima te he movido;
que si contigo he venido,
fue tu determinación
de suerte que, temeroso
de que si sola salías
a riesgo tu honor ponías,
tuve por más provechoso
seguirte y ser de tu honor
guardajoyas, que quedar,
yéndote tú, a consolar
las congojas de señor.
Ten ya compasión de mí;
que suspensa el alma está
hasta saberlo.
 
Doña Juana
 
Será
para admirarte. Oye.
 
Quintana
 
Dí.
 
Doña Juana
 
Dos meses ha que pasó
la Pascua, que por abril
viste bizarra los campos
de felpas y de tabís,
cuando a la puente (que a medias
hicieron, a lo que oí,
Pero Anzures y su esposa)
va todo Valladolid.
Iba yo con los demás;
pero no sé si volví,
a lo menos con el alma,
que no he vuelto a reducir;
porque junto a la Vitoria
un Adonis bello vi,
que a mil Venus daba amores,
y a mil Martes celos mil.
Diome un vuelco el corazón,
porque amor es alguacil
de las almas, y temblé
como a la justicia vi.
Tropecé, si con los pies,
con los ojos al salir,
la libertad en la cara,
en el umbral un chapín.
Llegó, descalzado el guante,
una mano de marfil
a tenerme de su mano…
¡Qué bien me tuvo! ¡ay de mí!
Y diciéndome: «Señora,
tened; que no es bien que así
imite al querub soberbio,
cayendo, tal serafín».
Un guante me llevó en prendas
del alma, y si he de decir
la verdad, dentro del guante
el alma que le ofrecí.
Toda aquella tarde corta
(digo, corta para mí;
que aunque las de abril son largas,
mi amor no las juzgó ansí),
bebió el alma por los ojos,
sin poderse resistir,
el veneno que brindaba
su talle airoso y gentil.
Acostóse el sol de envidia,
y llegóse a despedir
de mí al estribo de un coche
adonde supo fingir
amores, celos, firmezas,
suspirar, temer, sentir
ausencias, desdén, mudanzas,
y otros embelecos mil,
con que engañándome el alma,
Troya soy, si Scitia fui.
Entré en casa enajenada.
Si amaste, juzga por ti
en desvelos principiantes
qué tal llegué. No dormí,
no sosegué; parecióme
que, olvidado de salir
el sol, ya se desdeñaba
de dorar nuestro cenit.
Levantéme con ojeras,
desojada por abrir
un balcón, de donde luego
mi adorado ingrato vi.
Aprestó desde aquel día
asaltos para batir
mi libertad descuidada.
Dio en servirme desde allí.
Papeles leí de día,
músicas de noche oí,
joyas recibí, y ya sabes
qué se sigue al recibir.
¿Para qué te canso en esto?
En dos meses don Martín
de Guzmán (que así se llama
quién me obliga a andar ansí)
allanó dificultades,
tan arduas de resistir
en quien ama, cuanto amor
invencible, todo ardid.
Diome palabra de esposo;
pero fue palabra en fin,
tan pródiga en las promesas,
como avara en el cumplir.
Llegó a oídos de su padre
(debióselo de decir
mi desdicha) nuestro amor;
y aunque sabe que nací,
si no tan rica, tan noble,
el oro, que es sangre vil
que califica intereses,
un portillo supo abrir
en su codicia. ¡Qué mucho,
siendo él viejo, y yo infeliz!
Ofrecióse un casamiento
de una doña Inés, que aquí
con setenta mil ducados
se hace adorar y aplaudir.
Escribió su viejo padre
al padre de don Martín,
pidiéndole para yerno;
no se atrevió a dar el sí
claramente, por saber
que era forzoso salir
a la causa mi deshonra.
Oye una industria civil.
Previno postas el viejo,
y hizo a mi esposo partir
a esta corte, toda engaños.
Ya, Quintana, está en Madrid.
Díjole que se mudase
el nombre de don Martín,
atajando inconvenientes,
en el nombre de don Gil;
por que, si de parte mía
viniese en su busca aquí
la justicia, deslumbrase
su diligencia este ardid.
Escribió luego a don Pedro
Mendoza y Velasteguí,
padre de mi opositora,
dándole en él a sentir
el pesar de que impidiese
la liviandad juvenil
de su hijo el concluirse
casamiento tan feliz;
que por estar desposado
con doña Juana Solís,
si bien noble, no tan rica
como pudiera elegir,
enviaba en su lugar
y en vez de su hijo, a un don Gil
de no sé quién, de lo bueno
que ilustra a Valladolid.
Partióse con este embuste;
mas la sospecha, adalid
lince de los pensamientos,
y Argos cauteloso en mí,
adivinó mis desgracias,
sabiéndolas descubrir
el oro que en dos diamantes
bastante son para abrir
secretos de cal y canto.
Supe todo el caso, en fin,
y la distancia que hay
del prometer al cumplir.
Saqué fuerzas de flaqueza,
dejé el temor femenil,
dióme alientos el agravio
y de la industria adquirí
la determinación cuerda;
porque pocas veces vi
no vencer la diligencia
cualquier fortuna infeliz.
Disfracéme como ves;
y, fiándome de ti,
a la fortuna me arrojo
y al puerto pienso salir.
Dos días ha que mi amante,
cuando mucho, está en Madrid:
mi amor midió sus jornadas.
Y ¿quién duda, siendo así,
que no habrá visto a don Pedro
sin primero prevenir
galas con que enamorar,
y trazas con que mentir?
Yo, pues que he de ser estorbo
de su ciego frenesí,
a vista tengo de andar
de mi ingrato don Martín,
malogrando cuanto hiciere:
el cómo déjalo a mí.
Para que no me conozca
(que no hará, vestida ansí)
falta sólo que te ausentes,
no me descubran por ti.
Vallecas dista una legua:
disponte luego a partir
allá; que de cualquier cosa,
o próspera o infeliz,
con los que a vender pan vienen
de allá, te podré escribir.
 
Quintana
 
Verdaderas has sacado
las fábulas de Merlín.
No te quiero aconsejar.
Dios te deje conseguir
el fin de tus esperanzas.
 
Doña Juana
 
Adiós.
 
Quintana
 
¿Escribirás?
 
Doña Juana
 
Sí.
 

(Vase Quintana.)


Sale Caramanchel, lacayo.


[Doña Juana.]

Caramanchel
 
Pues para fiador no valgo,
sal acá, bodegonero;
que en esta puente te espero.
 
Doña Juana
 
¡Hola! ¿Qué es eso?
 
Caramanchel
 
Oye, hidalgo;
eso de hola, al que a la cola
como contera le siga;
y a las doce sólo diga:
«Olla, olla», y no «hola, hola».
 
Doña Juana
 
Yo que hola agora os llamo,
daros esotro podré.
 
Caramanchel
 
Perdóneme, pues, usté.
 
Doña Juana
 
¿Buscais amo?
 
Caramanchel
 
Busco un amo;
que si el cielo los lloviera,
y las chinches se tornaran
amos; si amos pregonaran
por las calles; si estuviera
Madrid de amos empedrado,
y ciego yo los pisara,
nunca en uno tropezara,
según soy de desdichado.
 
Doña Juana
 
¿Qué tantos habeis tenido?
 
Caramanchel
 
Muchos, pero más inormes,
que Lazarillo de Tormes.
Un mes serví, no cumplido,
a un médico muy barbado,
belfo, sin ser alemán;
guantes de ámbar, gorgorán,
mula de felpa, engomado,
muchos libros, poca ciencia;
pero no se me lograba
el salario que me daba,
porque con poca conciencia
lo ganaba su mercé;
y huyendo de tal azar,
me acogí con Cafíamar.
 
Doña Juana
 
¿Mal lo ganaba? ¿Por qué?
 
Caramanchel
 
Por mil causas: la primera,
porque con cuatro aforismos,
dos textos, tres silogismos,
curaba una calle entera.
No hay facultad que más pida
estudios, libros, galenos,
ni gente que estudie menos,
con importarnos la vida.
Pero, ¿cómo han de estudiar,
no parando en todo el día?
Yo te diré lo que hacía
mi médico. Al madrugar,
almorzaba de ordinario
una lonja de lo añejo,
porque era cristiano viejo;
y con este letüario
aqua vitis, que es de vid,
visitaba sin trabajo,
calle arriba, calle abajo,
los egrotos de Madrid.
Volvíamos a las once:
considere el pío lector,
si podría el mi doctor,
puesto que fuese de bronce,
harto de ver orinales,
y fístulas, revolver
Hipócrates, y leer
las curas de tantos males.
Comía luego su olla,
con un asado manido,
y después de haber comido,
jugaba cientos o polla.
Daban las tres y tornaba
a la médica atahona,
yo la maza y él la mona;
y cuando a casa llegaba,
ya era de noche. Acudía
al estudio, deseoso
(aunque no era escrupuloso)
de ocupar algo del día
en ver los expositores
de sus Rasis y Avicenas;
asentábase, y apenas
ojeaba dos autores,
cuando doña Estefanía
gritaba: «Ola, Inés, Leonor,
id a llamar al doctor:
que la cazuela se enfría».
Respondía él: «En un hora
no hay que llamarme a cenar.
Déjenme un rato estudiar.
Decid a vuestra señora
que le ha dado garrotillo
al hijo de tal Condesa;
y que está la ginovesa,
su amiga, con tabardillo;
que es fuerza mirar si es bueno
sangrarla estando preñada;
que a Dioscórides le agrada;
mas no lo aprueba Galeno».
Enfadábase la dama,
y entrando a ver su doctor,
decía: «Acabad, señor;
cobrado habéis harta fama,
y demasiado sabéis
para lo que aquí ganáis:
advertid, si así os cansáis,
que presto os consumiréis.
Dad al diablo los Galenos,
si os han de hacer tanto daño:
¿Qué importa al cabo del año
veinte muertos más o menos?»
Con aquestos incentivos
el doctor se levantaba;
los textos muertos cerraba
por estudiar en los vivos.
Cenaba, yendo en ayunas
de la ciencia que vio a solas;
comenzaba en escarolas,
acababa en aceitunas,
y acostándose repleto,
al punto del madrugar,
se volvía a visitar,
sin mirar ni un quodlibeto.
Subía a ver al paciente;
decía cuatro chanzonetas;
escribía dos recetas
destas que ordinariamente
se alegan sin estudiar;
y luego los embaucaba
con unos modos que usaba
extraordinarios de hablar.
«La enfermedad que le ha dado,
señora, a Vueseñoría,
son flatos e hipocondría;
siento el pulmón opilado,
y para desarraigar
las flemas vítreas que tiene
con el quilo, le conviene
(por que mejor pueda obrar
Naturaleza) que tome
unos alquermes que den
al hépate y al esplén
la sustancia que el mal come».
Encajábanle un doblón,
y asombrados de escucharle,
no cesaban de adularle,
hasta hacerle un Salomón.
Y juro a Dios que, teniendo
cuatro enfermos que purgar,
le vi un día trasladar
(no pienses que estoy mintiendo)
de un antiguo cartapacio
cuatro purgas, que llevó
escritas (fuesen o no
a propósito) a palacio;
y recetada la cena
para el que purgarse había,
sacaba una y le decía:
«Dios te la depare buena»
¿Parécele a vuesasté
que tal modo de ganar
se me podía a mí lograr?
Pues por esto le dejé.
 
Doña Juana
 
¡Escrupuloso criado!
 
Caramanchel
 
Acomodéme después
con un abogado, que es
de las bolsas abogado,
y enfadóme que aguardando
mil pleiteantes que viese
sus procesos, se estuviese
catorce horas enrizando
el bigotismo; que hay trazas
dignas de un jubón de azotes.
Unos empina-bigotes
hay a modo de tenazas,
con que se engoma el letrado
la barba que en punta está:
¡Miren qué bien que saldrá
un parecer engomado!
Dejéle, en fin; que estos tales,
por engordar alguaciles,
miran derechos civiles
y hacen tuertos criminales.
Serví luego a un clerigón
un mes (pienso que no entero)
de lacayo y despensero.
Era un hombre de opinión:
Su bonetazo calado,
lucio, grave, carilleno,
mula de veintidoseno,
el cuello torcido a un lado;
y hombre, en fin, que nos mandaba
a pan y agua ayunar
los viernes, por ahorrar
la pitanza que nos daba;
y él comiéndose un capón
(que tenía con ensanchas
la conciencia, por ser anchas
las que teólogas son),
quedándose con los dos
alones cabeceando,
decía, al cielo mirando:
¡Ay, ama, qué bueno es Dios!
Dejéle, en fin, por no ver
santo que tan gordo y lleno,
nunca a Dios llamaba bueno,
hasta después de comer.
Luego entré con un pelón
que sobre un rocín andaba,
y aunque dos reales me daba
de ración y quitación,
si la menor falta hacía,
por irremisible ley,
olvidando el Agnus Dei,
qui tollis ración, decía.
Quitábame de ordinario
la ración, pero el rocín
y su medio celemín
alentaban mi salario,
vendiendo sin redención
la cebada que le hurtaba:
con que yo ración llevaba,
y el rocín la quitación.
Serví a un moscatel, marido
de cierta doña Mayor,
a quien le daba el señor
por uno y otro partido
comisiones, que a mi ver
el proveyente cobraba,
pues con comisión quedaba
de acudir a su mujer.
Si te hubiera de contar
los amos que en varias veces
serví, y andan como peces
por los golfos deste mar,
fuera un trabajo excusado;
bástete el saber que estoy
sin cómodo el día de hoy,
por mal acondicionado.
 
Doña Juana
 
Pues si das en coronista
de los diversos señores
que se extreman en humores,
desde hoy me pon en tu lista,
porque desde hoy te recibo
en mi servicio.
 
Caramanchel
 
¡Lenguaje
nuevo! ¿Quién ha visto paje
con lacayo?
 
Doña Juana
 
Yo no vivo
sino sólo de mi hacienda;
ni paje en mi vida fui:
vengo a pretender aquí
un hábito o encomienda;
y porque en Segovia dejo
malo a un mozo, he menester
quien me sirva.
 
Caramanchel
 
¿A pretender
entráis mozo? Saldréis viejo.
 
Doña Juana
 
Cobrando voy afición
a tu humor.
 
Caramanchel
 
Ninguno ha habido,
de los amos que he tenido,
ni poeta, ni capón;
parecéisme lo postrero;
y así, señor, me tened
por criado, y sea a merced,
que medrar mejor espero
que sirviéndoos a destajo,
en fe de ser yo tan fiel.
 
Doña Juana
 
¿Llámaste?
 
Caramanchel
 
Caramanchel,
porque nací en el de abajo.
 
Doña Juana
 
Aficionándome vas
por lo airoso y lo sutil.
 
Caramanchel
 
¿Cómo os llamáis vos?
 
Doña Juana
 
Don Gil.
 
Caramanchel
 
¿Y qué más?
 
Doña Juana
 
Don Gil no más.
 
Caramanchel
 
Capón sois hasta en el nombre;
pues si en ello se repara,
las barbas son en la cara
lo mismo que el sobrenombre.
 
Doña Juana
 
Agora importa encubrir
mi apellido. ¿Qué posada
conoces limpia y honrada?
 
Caramanchel
 
Una te haré prevenir
de las frescas y curiosas
de Madrid.
 
Doña Juana
 
¿Hay ama?
 
Caramanchel
 
Y moza.
 
Doña Juana
 
¿Cosquillosa?
 
Caramanchel
 
Y que retoza.
 
Doña Juana
 
¿Qué calle?
 
Caramanchel
 
De las Urosas.
 
Doña Juana
 
Vamos
 

[Aparte.]

 
que noticia llevo
de la casa donde vive
don Pedro. Madrid, recibe
este forastero nuevo
en tu amparo.
 
Caramanchel [Aparte]
 
¡Qué bonito
que es el tiple moscatel!
 

[Sala en casa de Don Pedro.]


(Salen Don Pedro, viejo, leyendo una carta, Don Martín y Osorio.)

Don Pedro

(Lee.)

«Digo, en conclusión, que don Martín, si fuera tan cuerdo como mozo, hiciera dichosa mi vejez, trocando nuestra amistad en parentesco. Ha dado palabra a una dama de esta ciudad, noble y hermosa, pero pobre; y ya vos veis en los tiempos presentes lo que pronostican hermosuras sin hacienda. Llegó este negocio a lo que suelen los de su especie; a arrepentirse él, y a ejecutarle ella por la justicia: ponderad vos lo que sentirá quien pierde vuestro deudo, vuestra nobleza y vuestro mayorazgo, con tal prenda como mi señora doña Inés; pero ya que mi suerte estorba tal ventura, tenelda a no pequeña, que el señor don Gil de Albornoz, que ésta lleva, esté en estado de casarse, y deseoso de que sea con las mejoras que en vuestra hija le he ofrecido. Su sangre, discreción, edad y mayorazgo (que heredará brevemente de diez mil ducados de renta) os pueden hacer olvidar el favor que os debo, y dejarme a mí envidioso. La merced que le hiciéredes recibiré en lugar de don Martín, que os besa las manos. Dadme muchas y buenas nuevas de vuestra salud y gusto, que el cielo aumente, etc. Valladolid y julio, etc. Don Andrés de Guzmán.»


Giovanni Battista Trotti

Don Pedro
 
Seáis, señor, mil veces bien venido
para alegrar aquesta casa vuestra;
que para comprobar lo que he leído,
sobra el valor que vuestro talle muestra.
Dichosa doña Inés hubiera sido,
si para ennoblecer la sangre nuestra,
prendas de don Martín con prendas mías
regocijaran mis postreros días.
Ha muchos años que los dos tenemos
recíproca amistad, ya convertida
en natural amor, que en los extremos
de la primera edad, tarde se olvida;
no pocos ha también que no nos vemos,
a cuya causa, en descansada vida,
quisiera yo, comunicando prendas,
juntar como las almas las haciendas.
Pero pues don Martín inadvertido
hace imposible el dicho casamiento,
que vos en su lugar hayais venido,
señor don Gil, me tiene muy contento.
No digo que mejora de marido
mi Inés; que al fin será encarecimiento
de algún modo en agravio de mi amigo;
mas que lo juzgo creed, si no lo digo.
 
Don Martín
 
Comenzáis de manera a aventajaros
en hacerme merced, que temeroso,
señor don Pedro, de poder pagaros
aun en palabras (que en el generoso
son prendas de valor), para envidiaros,
en obras y en palabras vitorioso,
agradezco callando, y mudo muestro
que no soy mío ya porque soy vuestro.
Deudos tengo en la corte, y muchos dellos
títulos, que podrán daros noticia
de quién soy, si os importa conocellos,
que la suerte me fue en esto propicia;
aunque si os informais, de los cabellos
quedará mi esperanza, que codicia
lograr abrazos y cumplir deseos,
abreviando noticias y rodeos.
Fuera de que mi padre (que quisiera
darme en Valladolid esposa a gusto
más de su edad que a mi elección) me espera
por puntos; y si sabe que a disgusto
suyo me caso aquí, de tal manera
lo tiene de sentir, que si del susto
destas nuevas no muere, ha de estorbarme
la dicha que en secreto podéis darme.
 
Don Pedro
 
No tengo yo en tan poco de mi amigo
el crédito y estima, que no sobre
su firma sola, sin buscar testigo
por quien vuestro valor alientos cobre.
Negociado tenéis para conmigo;
y aunque un hidalgo fuérades tan pobre
como el que más, a doña Inés os diera,
si don Andrés por vos intercediera.
 
Don Martín (Aparte a Osorio.)
 
El embeleco, Osorio, va excelente.
 
Osorio [Aparte a Don Martín.]
 
Aprieta con la boda, antes que venga
doña Juana a estorbarlo.
 
Don Martín [Aparte a Osorio.]
 
Brevemente
mi diligencia hará que efeto tenga.
 
Don Pedro
 
No quiero que cojamos de repente,
don Gil, a doña Inés, sin que prevenga
la prudencia palabras para el susto
que suele dar un no esperado gusto.
Si verla pretendeis, irá esta tarde
a la huerta del Duque convidada,
y sin saber quién sois haréis alarde
de vuestra voluntad.
 
Don Martín
 
¡Oh, prenda amada!
Camine el sol, por que otro sol aguarde,
y deteniendo el sol a su jornada,
haga inmóvil su luz para que sea
eterno el día que sus ojos vea.
 
Don Pedro
 
Si no tenéis posada prevenida,
y ésta merece huésped tan honrado,
recibiré merced.
 
Don Martín
 
Apercebida
está cerca de aquí, según me han dado
noticia, la de un primo; aunque la vida,
que en ésta sus venturas ha cifrado,
hiciera aquí de su contento alarde.
 
Don Pedro
 
En la huerta os espero.
 
Don Martín
 
El cielo os guarde.
 

(Vanse.)


Salen Doña Inés y Don Juan


[al fin de la escena Don Pedro.]

Doña Inés
 
En dando tú en recelar,
no acabaremos hogaño.
 
Don Juan
 
Mucho deseas acabar.
 
Doña Inés
 
Pesado estás hoy y extraño.
 
Don Juan
 
¿No ha de pesar un pesar?
No vayas hoy, por mi vida
(si es que te importa), a la huerta.
 
Doña Inés
 
Si mi prima me convida…
 
Don Juan
 
Donde no hay voluntad cierta.
no falta excusa fingida.
 
Doña Inés
 
¿Qué disgusto se te sigue
de que yo vaya?
 
Don Juan
 
Parece
que el temor que me persigue
triste suceso me ofrece,
sin que mi amor le mitigue.
Pero en fin, ¿te determinas
de ir allá?
 
Doña Inés
 
Ve tú también,
y verás cómo imaginas
de mi firmeza no bien.
 
Don Juan
 
Como en mi alma predominas,
obedecerte es forzoso.
 
Doña Inés
 
Celos y escrúpulos son
de una especie; y un curioso
duda de la salvación,
don Juan, del escrupuloso.
 

[Vuelve Don Pedro, y se queda escuchando a la puerta.]

 
Tú solamente has de ser
mi esposo. Ve allá a la tarde.
 
Don Pedro [Aparte]
 
¡Su esposo! ¿Cómo?
 
Don Juan
 
A temer
voy. Adiós.
 
Doña Inés
 
Él te me guarde.
 

(Vase Don Juan.)


[Don Pedro, Doña Inés.]

Don Pedro
 
Inés.
 
Doña Inés
 
Señor, ¿es querer
decirme que tome el manto?
Aguardándome estará
mi prima.
 
Don Pedro
 
Mucho me espanto
de que des palabra ya
de casarte. ¿Tiempo tanto
ha que dilato el ponerte
en estado? ¿Tantas canas
peinas, que osas atreverte
a dar palabras livianas
con que apresures mi muerte?
¿Qué hacía don Juan aquí?
 
Doña Inés
 
No te alteres, que no es justo;
que yo palabra le di,
presuponiendo tu gusto;
y no pierdes, siendo ansí,
nada en que don Juan pretenda
ser tu yerno, si el valor
sabes que ilustra su hacienda.
 
Don Pedro
 
Esposo tienes mejor.
Detén al deseo la rienda.
No te pensaba dar cuenta
tan presto de lo que trazo;
pero con tal prisa intenta
cumplir tu apetito el plazo
(no sé si diga en tu afrenta),
que, aunque mude intento, quiero
atajarla. Aquí ha venido
un bizarro caballero,
muy rico y muy bien nacido,
de Valladolid. Primero
que le admitas, le verás.
Diez mil ducados de renta
hereda, y espera más,
y corre ya por mi cuenta
el sí que a don Juan le das.
 
Doña Inés
 
¿Faltan hombres en Madrid
con cuya hacienda y apoyo
me cases sin ese ardid?
¿No es mar Madrid? ¿No es arroyo
deste mar Valladolid?
Pues por un arroyo, ¿olvidas
del mar los ricos despojos?
¿O es bien que mi gusto impidas,
y, entrando amor por los ojos,
dueño me ofrezcas de oídas?
Si la codicia civil
que a toda vejez infama,
te vence, mira que es vil
defeto. ¿Cómo se llama
ese hombre?
 
Don Pedro
 
Don Gil.
 
Doña Inés
 
¿Don Gil?
¿Marido de villancico?
¡Gil! ¡Jesús, no me le nombres!
Ponle un cayado y pellico.
 
Don Pedro
 
No repares en los nombres
cuando el dueño es noble y rico.
Tú le verás, y yo sé
que has de volver esta noche
perdida por él.
 
Doña Inés [Con ironía.]
 
Sí haré.
 
Don Pedro
 
Tu prima aguarda en el coche
a la puerta.
 
Doña Inés [Aparte.]
 
Ya no iré
con el gusto que entendí).
Dénme un manto.
 
Don Pedro
 
Allá ha de estar,
que yo se lo dije ansí.
 
Doña Inés [Aparte.]
 
¿Con Gil me quieren casar?
¿Soy yo Teresa? ¡Ay de mí!
 

(Vanse.)


[La huerta del Duque.]


(Sale Doña Juana de hombre.)

Doña Juana
 
A esta huerta he sabido que don Pedro
trae a su hija doña Inés, y en ella
mi don Martín ingrato piensa vella.
Dichosa he sido en descubrir tan presto
la casa, los amores y el enredo
que no han de conseguir, si de mi parte,
Fortuna, mi dolor puede obligarte.
En casa de mi opuesta he ya obligado
a quien me avise siempre; darle quiero
gracias destos milagros al dinero.
 

Manuel Garcia y Rodriguez


Sale Caramanchel.


[Doña Juana.]

Caramanchel

[Sin ver a Doña Juana.]

 
Aquí dijo mi amo hermafrodita
que me esperaba; y vive Dios, que pienso
que es algún familiar que, en traje de hombre,
ha venido a sacarme de jüicio,
y, en siéndolo, doy cuenta al Santo Oficio.
 
Doña Juana
 
Caramanchel.
 
Caramanchel
 
¡Señor! Bene venuto.
¿Adónde bueno o malo por el Prado?
 
Doña Juana
 
Vengo a ver a una dama, por quien bebo
los vientos.
 
Caramanchel
 
¿Vientos bebes? ¡Mal despacho!
¡Barato es el licor, mas no borracho!
¿Y tú la quieres bien?
 
Doña Juana
 
La adoro.
 
Caramanchel
 
¡Bueno!
No os haréis, a lo menos, mucho daño;
que en el juego de amor, aunque os déis priesa,
si de la barba llego a colegillo,
nunca haréis chilindrón, mas capadillo.
 

[Suena música dentro.]

 
Mas ¿qué música es ésta?
 
Doña Juana
 
Los que vienen
con mi dama serán, que convidada
a este paraíso, es ángel suyo.
Retírate, y verás hoy maravillas.
 
Caramanchel [Aparte.]
 
¿Hay cosa igual? ¡Capón y con cosquillas!
 

Músicos cantando; Don Juan, Doña Inés y Doña Clara, como de campo. [Doña Juana, Caramanchel.]

Músicos
 
Alamicos del prado,
fuentes del Duque,
despertad a mi niña
por que me escuche;
y decid que compare
con sus arenas,
sus desdenes y gracias,
mi amor y penas;
y pues vuestros arroyos
saltan y bullen,
despertad a mi niña
por que me escuche.
 
Doña Clara
 
¡Bello jardín!
 
Doña Inés
 
Estas parras,
destos álamos doseles,
que a los cuellos, cual joyeles,
entre sus hojas bizarras
traen colgando los racimos,
nos darán sombra mejor.
 
Don Juan
 
Si alimenta Baco a Amor,
entre sus frutos opimos,
no se hallará mal el mío.
 
Doña Inés
 
Siéntate aquí, doña Clara,
y en esta fuente repara,
cuyo cristal puro y frío
besos ofrece a la sed.
 
Don Juan
 
En fin, quisiste venir
a esta huerta.
 
Doña Inés
 
A desmentir,
señor, a vuestra merced,
y examinar mi firmeza.
 
Doña Juana

[Aparte a Caramanchel.]

 
¿No es mujer bella?
 
Caramanchel

[Aparte a su ama.]

 
El dinero
no lo es tanto; aunque prefiero
a la suya su belleza.
 
Doña Juana

[Aparte a Caramanchel.]

 
Pues por ella estoy perdido.
Hablarla quiero.
 
Caramanchel [Aparte a su ama.]
 
Bien puedes.
 
Doña Juana
 
Besando a vuesas mercedes
las manos, licencia pido,
por forastero siquiera,
para gozar el recreo
que aquí tan colmado veo.
 
Doña Clara
 
Faltando vos, no lo fuera.
 
Doña Inés
 
¿De dónde es vuesa merced?
 
Doña Juana
 
En Valladolid nací.
 
Doña Inés
 
¿Cazolero?
 
Doña Juana
 
Tendré así
más sazón.
 
Doña Inés
 
Don Juan, haced
lugar a este caballero.
 
Don Juan [Aparte.]
 
Pues que mi lado le doy,
con él cortesano estoy.
Ya de celos desespero.
 
Doña Inés [Aparte.]
 
¡Qué airoso y gallardo talle!
¡Qué buena cara!
 
Don Juan [Aparte.]
 
¡Ay de mí!
¿Mírale doña Inés? Sí.
¡Qué presto empiezo a envidialle!
 
Doña Inés
 
¿Y que es de Valladolid
vuesarced? ¿Conocerá
un don Gil, también de allá,
que vino agora a Madrid?
 
Doña Juana
 
¿Don Gil de qué?
 
Doña Inés
 
¿Qué sé yo?
¿Puede haber más que un don Gil
en todo el mundo?
 
Doña Juana
 
¿Tan vil
es el nombre?
 
Doña Inés
 
¿Quién creyó
que un don fuera guarnición
de un Gil, que siendo zagal
anda rompiendo sayal
de villancico en canción?
 
Caramanchel
 
El nombre es digno de estima,
a pagar de mi dinero;
y si no…
 
Doña Juana
 
Calla, grosero.
 
Caramanchel
 
Gil es mi amo, y es la prima
y el bordón de todo nombre;
y en gil se rematan mil;
que hay pere gil, toron gil,
ceno gil, por que se asombre
el mundo de cuán sutil
es, cuando rompe cambray;
y hasta en Valladolid hay
Puerta de Teresa Gil.
 
Doña Juana
 
Y yo me llamo también
don Gil, al servicio vuestro.
 
Doña Inés
 
¿Vos don Gil?
 
Doña Juana
 
Si en serlo muestro
cosa que no os esté bien,
o que no gustéis, desde hoy
me volveré a confirmar.
Ya no me pienso llamar
don Gil; sólo aquello soy
que vos gustéis.
 
Don Juan
 
Caballero,
no importa a las que aquí están
que os llaméis Gil o Beltrán.
Sed cortés, y no grosero.
 
Doña Juana
 
Perdonad si os ofendí;
que por gusto de una dama…
 
Doña Inés
 
Paso, don Juan.
 
Don Juan
 
Si se llama
don Gil, ¿qué se nos da aquí?
 
Doña Inés

[Aparte.]

 
Éste es sin duda el que viene
a ser mi dueño; y es tal,
que no me parece mal.
¡Extremada cara tiene!
 
Doña Juana
 
Pésame de haberos dado
disgusto.
 
Don Juan
 
También a mí,
si del límite salí;
ya yo estoy desenojado.
 
Doña Clara
 
La música en paz os ponga.
 

(Levántanse.)

Doña Inés

[A Don Juan.]

 
Salid, señor, a danzar.
 
Don Juan [Aparte.]
 
Este don Gil me ha de dar
en qué entender; mas disponga
el hado lo que quisiere;
que doña Inés será mía,
y si compite y porfía,
tendráse lo que viniere.
 
Doña Inés
 
¿No salís?
 
Don Juan
 
No danzo yo.
 
Doña Inés
 
¿Y el señor don Gil?
 
Doña Juana
 
No quiero
dar pena a este caballero.
 
Don Juan
 
Ya mi enojo se acabó.
Danzad.
 
Doña Inés
 
Salga, pues, conmigo.
 
Don Juan [Aparte.]
 
¡Que a esto obligue el ser cortés!
 
Doña Clara [Aparte.]
 
(Un ángel de cristal es
el rapaz; cual sombra sigo
su talle airoso y gentil.)
Con doña Inés danzar quiero.
 
Doña Inés [Aparte.]
 
Ya por el don Gil me muero;
que es un brinquillo el don Gil.
 

(Danzan las dos damas y Don Gil.)

Músicos (Cantan.)
 
Al molino del amor
alegre la niña va
a moler sus esperanzas:
quiera Dios que vuelva en paz.
En la rueda de los celos
el amor muele su pan,
que desmenuzan la harina,
y, la sacan candeal.
Río son sus pensamientos,
que unos vienen y otros van,
y apenas llegó a su orilla,
cuando ansí escuchó cantar:
Borbollicos hacen las aguas,
cuando ven a mi bien pasar;
cantan, brincan, bullen y corren
entre conchas de coral,
y los pájaros dejan sus nidos,
y en las ramas del arrayán
vuelan, cruzan, saltan y pican
torongil, murta y azahar.
Los bueyes de las sospechas
el río agotando van;
que donde ellas se confirman,
pocas esperanzas hay;
y viendo que a falta de agua,
parado el molino está,
desta suerte le pregunta
la niña que empieza a amar:
Molinico, ¿por qué no mueles?
Porque me beben el agua los bueyes.
Vio al amor lleno de harina,
moliendo la libertad
de las almas que atormenta,
y ansí le cantó al llegar:
Molinero sois, amor,
y sois moledor.
Si lo soy, apartesé,
que le enharinaré.
 

(Acaban el baile.)


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